domingo, 31 de enero de 2010

Contemplando a Cristo muerto en la Cruz, se comprenden las grandes y misteriosas razones de la vida


“Contemplando a Cristo muerto en la Cruz, se comprenden las grandes y misteriosas razones de la vida”(Monseñor Amigo Vallejo)

“Senda serena que en la noche perpetua tintinea y alumbra con tenue luz, allanando el camino, proclamando con muda trompeta la presencia esperada e inesperada a la vez, de la inerte pero vital imagen redentora: anónima sombra, alargada, que porta la luz y la vida;…”

Dejando aparte la definición que el poeta hace de la figura inconfundible y añeja de un nazareno de negro, queriendo olvidar por qué surgieron y para qué en su día, deberíamos plantearnos qué significado tiene, en pleno siglo XXI, hacer Estación de Penitencia en la semana santa vestidos de nazareno. Cómo es posible y por qué algo que surgió hace ya cientos de años puede
ser tan actual y cada vez con más afluencia en la semana santa de nuestros días.

¿Cuestión de modas? ¿Tradición? No lo sé. Pero sí podríamos aclarar que significa para tantos y tantos cofrades, que lo son, el hecho de vestir el hábito nazareno de nuestra Hermandad.

En un principio, el hecho de hacer Estación de Penitencia junto a nuestros Santos Titulares, según mandan nuestras Reglas y todas las Reglas de todas las Hermandades de Penitencia, es una obligación, salvo estado de fuerza mayor que queda sujeta al criterio de la conciencia del cofrade. Pero es una grata obligación: es entregarte a Dios, a Jesucristo en la Cruz y a su Santa Madre en silenciosa y viva oración.

Querer perder tu identidad y perderla durante unas horas, ser tú y sólo tú en tu interior, olvidando lo externo que es idéntico a todos los demás nazarenos, y escondido, haciéndote invisible al mundo tras un antifaz negro, en tu voluntario anonimato, dejar tu corazón, tu mente, tu alma abierta a Él, abandonarte en una conversación, en un hablar tranquilo, reposado, espiritual, sereno, tuyo y sólo tuyo, con Cristo, y en esa apertura de corazón, de mente, de alma, cederle la palabra, oír su voz, su eterna y misericordiosa voz.

¿Es que un cofrade, quien es hermano o hermana de una Hermandad, de nuestra Hermandad, no puede dedicarle tres horas a Dios? ¿Tanto esfuerzo es? ¿Nos da vergüenza ponernos un hábito de nazareno y acompañar a Cristo y a María en esa silenciosa oración? Si no somos capaces, deberíamos plantearnos muchas cosas.

Dejar olvidada una túnica de nazareno en el fondo del armario dentro de la bolsa de rebajas del Corte Inglés o en la talega de tela de toda la vida, es perder la oportunidad de, sin esfuerzo, encontrarnos con Él. Es perder la oportunidad de escuchar lo que Él de nosotros quiere. Es perder la oportunidad de decirle, en el silencio, aquellas cosas tan nuestras, tan íntimas, que sólo a Él se le pueden decir: darle gracias por tantas cosas, pedirle por tantas cosas, y oírle, escucharle, sentirle y percibir su presencia. Es perder la satisfacción de haber dialogado con el Salvador, satisfacción que aumenta cuanto más se permanece callado ante Él.

No se puede dejar olvidada ninguna túnica en el fondo del baúl, en el fondo del armario. No podemos perder la oportunidad de escuchar la llamada que Cristo, en su eterna Misericordia, y María, en su infinita Caridad, nos hacen. Merece la pena nuestra respuesta.

“…sombra escondida en la sombra de la noche que una cruz va portando, que también es luz y también es vida, y que en sus manos, asidas a la luz y a la cruz, portan un humilde rosario de cuentas negras y pequeñas con la cruz al aire, como queriendo inciensar la brisa nocturna con las Avemarías que de su mente y su corazón brotan, en singular aroma de oración que hasta el cielo se elevan. Forman el peregrinar, el cansino andar de la Cofradía en la noche del Miércoles Santo”.

José Díaz Ríos

No hay comentarios:

Publicar un comentario