miércoles, 13 de enero de 2010

LA CRUZ MANIFESTACIÓN DEL AMOR DE DIOS

Nos acercamos un año más al misterio central de nuestra fe cristiana: Muerte y Resurrección de Jesús, Mesías e Hijo de Dios. El binomio Muerte Resurrección no puede separarse porque no hay nueva vida (Resurrección) sin pasar por la cruz y todo el sufrimiento, dolor y amargura que ésta trae consigo.

El relato primitivo de la pasión y muerte de Jesús, después del acontecimiento Pascual, vino a ser como el signo de identidad de la fe de las comunidades cristianas. No era posible predicar la Resurrección sin la contemplación de la Cruz. Así lo expresa San Pablo: “ Lo que os trasmití fue ante todo...que cristo murió en la Cruz por nuestros pecados, como lo anunciaban las Escrituras, fue sepultado y Resucitó al tercer día…”( 1.Cor. 15, 1-4).

A nosotros ha llegado la trasmisión de este Kerygma desde muy pequeños. En el entorno familiar nos enseñaron que la cruz es la señal del cristiano; posteriormente, en las catequesis, aprendimos que era la señal del cristiano, porque en ella murió Nuestro Señor Jesucristo para salvarnos del pecado. Nos hemos familiarizado con la cruz, la vemos en todas partes, la llevamos colgada al cuello como joya, tanto creyentes como no creyentes; nos emocionamos al ver nuestros Cristos crucificados como obras de arte maravillosas, que suscitan en nosotros sentimientos de pena o admiración…

Pero, quizás, no nos hayamos preguntado, qué significado tiene esa pasión, sufrimiento y muerte en la cruz de un hombre joven e inocente, condenado a la más horrible, degradante y humillante muerte, propia de malhechores, en tiempo de los romanos. (Canto del Sirvo de Jahvé Is. 53 ss).
¿Por qué la muerte en cruz del Hijo de Dios? Sería muy extenso dar una respuesta aproximativa a una pregunta de tan profundo significado teológico. Mi intención es acercarnos un poco al mensaje de la Cruz de donde nos viene la salvación.
El carácter revelador de la Cruz es un acontecimiento único y se hace necesario iluminar la vida de los cristianos con este hecho, en el que se manifiesta la grandeza del amor de Dios relevado en el crucificado.

Este crucificado aparece como un simple hombre, que recorre el camino de su vida con una misión: “Haciéndose semejante a los hombres y mostrándose en figura humana se humilló, se hizo obediente hasta la muerte, una muerte en cruz”. (Fil. 2, 6-8). Jesús el Mesías, asume el proyecto de amor y misericordia del Padre con fidelidad y entrega absoluta para liberar a la humanidad del pecado, potencia maléfica, que afecta individual y colectivamente, trae consigo la muerte, la destrucción, el sufrimiento de los seres humanos y la creación; todo lo contrario al plan de Dios desde la eternidad... (Rom. 5,12s).

La Cruz no es, por tanto, signo de masoquismo, ni de negación o fracaso, porque en ella esta crucificada nuestra liberación, salvación definitiva y proyección de nueva vida de plenitud (Resurrección).” El Amor de Dios se hizo visible entre nosotros en que envió al mundo a su Hijo Único para que nos diera vida”.( 1 Jn. 4, 7 s).

Este gran prodigio de amor se concretiza en Jesús crucificado como voluntad salvífica de Dios. “… su amor y generosidad lo derramó sobre nosotros por medio de su Hijo querido, quien con su sangre, nos ha obtenido la liberación, el perdón de los pecados..” (Esf. 1, 3-11).

La Cruz, además de ser manifestación del amor de Dios hacia nosotros, es sabiduría y poder de Dios que se manifiesta en la debilidad de la Cruz. Cuando San Pablo predica este mensaje en la comunidad de Corintios se ríen de él; los sabios procedentes de la cultura helenística no pueden aceptar que de un crucificado como blasfemo, pueda nacer la sabiduría de Dios…”nosotros predicamos un Mesías crucificado, para los judíos un escándalo, para los paganos una locura; en cambio, para los llamados… un Mesías que es poder de Dios y saber de Dios: porque la locura de Dios es más sabia que los hombres, y la debilidad de Dios mas potente que los hombres.” (1 Cor. 1, 23-25).

El Dios de la cruz es inaceptable, lo fue entonces y lo es hoy, porque la filosofía humana ha situado a Dios en el polo opuesto; lo asocia al poder, al saber, a la perfección absoluta. Es el Dios de nuestra imaginación que lo sabe todo, lo puede todo y lo juzga todo como poderoso juez etc,etc; imposible que pueda revelarse definitivamente en el cuerpo roto de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios. Creer que Dios desvela el íntimo secreto de su ser en el silencio de esta muerte es un desafío a la razón y al positivismo científico moderno.(1 Cor. 2, 6-8). Creer en el Evangelio implica una ruptura en relación con las imágenes erróneas del Dios de Jesucristo; nos conduce a un modo radicalmente distinto de interpretar a Dios, de ver a las personas y comprender el mundo desde la victoria de la cruz. Nos obliga a una nueva escala de valores duraderos y determinantes de toda la realidad, ajenos al poder, a la rivalidad, al orgullo, al dios dinero, a la indiferencia e injusticias. El crucificado anuncia, de una vez por todas, al Dios que quiere ser Dios y Salvador desde la humillación, la postración, la perdición, el sufrimiento, el dolor, la soledad en que viven los seres humanos, y sobre todo, los más desheredados de la tierra.
Ahí es donde Dios esta presente en medio del mundo y tenemos que entrar en contacto con ese Dios, que asoció a Cristo con la miseria humana y contemplarlo crucificado como Don de Dios a la humanidad reconciliándonos con Dios y los hermanos.
San Juan de la Cruz expresa en esta estrofa como Cristo dio un “fiat”, no sólo para encarnarse, sino ir incluso a la muerte de la cruz por su amada, la humanidad, Iglesia Universal.


Y porque ella vida tenga
yo por ella moriría
y sacándola del lago
a ti te la volvería

(R 7, 263-266)

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